.-“Los hechos históricos – sean de la vida individual o de la vida en comunidad-se imprimen en la memoria social con un sello empírico, tal que, a la larga, terminan aglomerando esa memoria como una sólida fortaleza cognitiva de pendón positivista”. Así comienza el texto de Gabriel Salazar, “Memoria, hermenéutica y movimientos de la baja sociedad civil (Chile sobre el 2000)” , y con ella señala que al igual que una vasija, almacenamos los hechos externos bajo el lente de nuestra propia interpretación subjetiva, lo que se revela a través de la memoria social y desemboca en la acción que da respuesta al contexto histórico y su dinámica.
La memoria social, es la base que construye la identidad de los sujetos. El recuerdo se va articulando subterráneamente, por detrás de la memoria oficial, que deriva de los poderes externos y que está constituida de la parte externa, escrita y es ajena a la memoria social. Esta última es una memoria subjetiva que se organiza hermeuticamente en una relación de lealtad para con la acción. Esto último porque lo objetivo es doble por una parte el impacto empírico de la realidad exterior en los sujetos y el impacto empírico de la acción social sobre la realidad exterior.
Salazar nos propone entonces que como sujetos recordantes somos activos en la construcción social de nuestra historia y que en la medida que esos recuerdos están frescos y son compartidos, como un ejercicio vital, podemos generar transformaciones y alejar la ignorancia y la amnesia.
Es aquí donde podemos señalar que la oralidad es parte de la acción conjunta de un colectivo, que a través de los recuerdos compartidos puede trasmitir un saber que solo emerge a través del lenguaje. Este “recordar juntos” es la antesala y la base para potenciar la acción sobre la realidad y le da a este grupo que comparte sus recuerdos, los modifica y resuelve conflictos, una identidad que lo representa, y le da a la acción histórica mayor o menor eficiencia.
La subjetividad de los pueblos, deriva de este compartir-se en el recuerdo, de constituirse en una generación o comunidad, que representa una identidad social y activa, capaz de constituir constelaciones mnémicas, como señala Salazar, que aportan un capital mnémico que articula una historia particular de un pueblo.
Podemos concluir, a groso modo y tratando de responder la pregunta, que la oralidad es el puente que hace emerger la memoria subterránea, y permite que se reinterprete una y otra vez los hechos que marcaron a un grupo o generación, y de este modo lograr una identificación y actuar en concordancia con ese proceso simbólico que no es más que el resultado de la subjetividad colectiva frente a la dinámica histórica que los constituye en la acción.


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